SER CONSCIENTE – Grupo Esco

SER CONSCIENTE

Por Sandra Ocampo
La conciencia es la condición esencial para el aprendizaje y el cambio. No podemos cambiar algo de lo que no nos damos cuenta. Quien no aprende, está condenado a repetir una y otra vez pautas de pensamiento, emoción y comportamiento.

Si deseamos tener acceso a una vida más plena, deberemos trabajar en nuestra capacidad de “darnos cuenta”. En la vida personal, ser consciente abarca mucho más que adquirir un conocimiento de algo que captamos a través de los sentidos.

Comprende también la capacidad para determinar lo que desde nuestra escala de valores nos es importante, el rol que jugamos en cada uno de los sistemas de los que formamos parte, la forma en que nuestras creencias “modifican” la realidad que observamos y nos convierten en la persona que somos.

Reconocer quiénes somos y que esta forma de estar en el mundo quizá no sea suficiente para alcanzar lo que nos proponemos, puede ser desagradable y hasta doloroso. Se requiere valor para renunciar a las explicaciones recurrentes, a sentirnos víctimas de las circunstancias y hacernos cargo de nuestro destino.

Reconocer que:


  • La vida, no es necesariamente como aprendí que era.

  • No solamente soy lo que quiero ser, sino como apunta Sartre, también, soy lo que he querido ser y no he logrado.

  • Toda relación cambia y de alguna u otra forma, son finitas.

  • Nunca nadie verá el mundo tal cual lo veo yo. Soy solo.

  • Todo lo que es, dejará de serlo. La vida es finita.

  • Mi libertad para elegir el sentido de mi vida y la responsabilidad que en esto va implícita.

  • Más que dedicar toda nuestra capacidad a analizar cada paso en nuestra vida, ser consciente supone enfrentar lo que juzgamos problemático y decidir qué hacer o qué no hacer y aceptar las consecuencias positivas o negativas de estos actos.

    Ser, existir y conciencia no son sinónimos. Las cosas solamente son, no tienen conciencia de sí mismas y no pueden trascender su inmediata situación. Cada una de las cosas que conocemos tiene una esencia que la hace ser eso y no otra cosa y que nos permite diferenciarla de las demás. Por ejemplo, los libros pueden diferenciarse por su tamaño, los asuntos que abordan, el lenguaje que manejan, pero comparten ciertas características comunes y específicas de ser libros.

    Los seres humanos tenemos como especie ciertas características físicas y biológicas comunes, nuestro ADN se comparte incluso en un alto porcentaje con otros mamíferos como ratas y monos. Cada grupo humano comparte, además, una determinada cultura, lengua, historia, “Hay algo de mí que es de todos”. Sin embargo, cada persona es más que la suma de esas características, es la manera singular y concreta como acomoda dichos elementos en un tiempo y espacio determinados. No sólo eres lo que tienes, también eres lo que haces con lo que tienes: “Hay algo de mí que sólo es mío”.

    La conciencia le otorga un componente dinámico a nuestro estar en el mundo, somos seres en devenir, existimos de una manera en el presente y podemos, al trascender nuestra inmediatez, generarnos distintas y mejores posibilidades para existir de otra forma en el futuro.

     

    Nuestra cultura a través de sus dichos y refranes tiende a perpetuar la idea de que somos de una determinada forma y no podemos cambiar: “El que nace pa´ maceta no pasa del corredor”, “El que nace pa’ panzón, aunque lo fajen”, “Árbol que nace torcido, jamás su rama endereza”. Decir que somos de tal o cual manera y no podemos cambiar, es renunciar al libre albedrío, validar que somos una marioneta de las circunstancias y no tenemos responsabilidad por nuestros actos. Es un veredicto de minusvalía frente al destino.

    Al inicio de nuestra vida nos identificamos con las características buenas y malas que los demás nos atribuyen, en la adolescencia comenzamos a cuestionamos esos supuestos. Ya en la adultez, la conciencia nos permite evidenciar la forma en que nosotros mismos promovemos la perpetuidad de esas características y contribuimos a “cumplir profecías” y también que tenemos el poder para trascender “el destino” y existir de manera más plena. El hombre, cuando se percata no sólo de lo que es, sino de lo que puede ser, adquiere el poder de transformar su futuro, se reconoce como posibilidad y a través de su decisión, voluntad y acciones, puede, más allá de “conocerse a sí mismo”, “inventarse a sí mismo”.

    Puedes comenzar por cambiar el “NO PUEDO” por el “NO QUIERO” o “YO ELIJO”, aceptar que es nuestra decisión cambiar o quedarnos estáticos y que esa es nuestra responsabilidad, al mismo tiempo que nuestro privilegio.